—Te importará.
Algo en su voz me detuvo.
Volví a mirarlo.
Ahora estaba mirando al suelo.
—Tu madre no sabe que te pedí que vinieras aquí.
Eso hizo que todo fuera aún peor.
—Entonces, ¿por qué estoy aquí?
—Porque quería que escucharas mi versión antes de que ella te contara la suya.
Crucé los brazos.
—¿Tu versión de qué?
Respiró profundamente.
—Nuestro matrimonio lleva mucho tiempo sin funcionar.
No dije nada.
—Llevamos meses durmiendo en habitaciones separadas.
Recordé que una noche me desperté tarde y lo vi dormido en el sofá del salón.
Mamá me había dicho que se había quedado dormido viendo la televisión.
Al parecer, aquello también había sido una mentira.
—Ella quiere que me vaya de casa —continuó—. Dice que ya no puede confiar en mí.
—¿Por qué?
Me miró directamente.
—Porque tuve una aventura.
Me quedé paralizada.
Hay frases que cambian instantáneamente la forma en que ves a una persona.
Aquella fue una de ellas.
—¿Durante cuánto tiempo?
—Unos seis meses.
No pude hablar.
Pensé en mi madre.
En su rostro cansado.
En las noches en las que decía que no podía dormir.
En las mañanas en las que tenía los ojos hinchados y culpaba a las alergias.
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