No eran una disculpa.
Pero eran algo que su madre rara vez había ofrecido.
Respeto.
Lucía sonrió ligeramente.
—Sí.
Y la dejó entrar.
Porque aquella casa nunca había sido simplemente una propiedad.
Era la primera puerta de su vida en la que Lucía podía decidir quién entraba.
Y, sobre todo…
quién no.
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