Miró a su hija.
Salomé corrió hacia ella.
Ramira se arrodilló y la abrazó.
—Perdóname.
La niña negó con la cabeza.
—Tú no hiciste nada malo, mamá.
Ramira lloró.
—Te dejé sola.
—No.
Salomé sonrió entre lágrimas.
—Tú siempre estuviste conmigo.
Pasaron meses antes de que Ramira pudiera acostumbrarse nuevamente a la libertad.
Volvió