Sentí un alivio inmediato, seguido de algo más incómodo: vergüenza por la rapidez con la que mi mente había saltado a la peor conclusión. Pero bajo esa vergüenza había otra cosa, más dura y más real. No era celos. Era claridad.Miré la habitación —mi habitación, la que debía ser el inicio de mi vida de casada— convertida en el cuarto de invitados de mi suegra por una noche que “no significaba nada”. Miré a mi esposo, dormido sin remordimiento, sin haber notado siquiera que yo había pasado la noche en el sofá.
No lo desperté