—Su escuela tiene un departamento entero dedicado al bienestar estudiantil.
Ella apartó la mirada.
Y en ese momento entendí.
No era falta de recursos.
Era falta de voluntad.
Esa tarde fui a buscar a Sophie.
Pero ella no estaba en la puerta.
La encontré en el patio trasero de la escuela.
Estaba sentada con Amelia otra vez.
Esta vez no había cuaderno.
Solo estaban hablando.
Me quedé observando desde lejos.
—¿Por qué me ayudaste? —preguntó Sophie.
Amelia sonrió.
—Porque tú me ayudaste primero.
Sophie parecía confundida.
—¿Cuándo?
Amelia miró hacia el suelo.
—Hace meses.
Entonces mi corazón se detuvo.
—¿Qué?
Amelia respiró profundamente.
—El día que tu mamá murió.
Me acerqué lentamente.
Sophie levantó la cabeza.
—¿Qué sabes de mi mamá?
Amelia tragó saliva.
—Yo estaba cerca del hospital.
El mundo pareció volverse más lento.
—¿Qué quieres decir?
Ella miró sus manos.
—Tu mamá me encontró afuera de una tienda. Yo estaba llorando porque no tenía dinero para comprar comida. Ella se sentó conmigo.
Mis ojos comenzaron a arder.
Mi esposa.
Incluso en sus
últimos días.
Incluso cuando estaba enferma.
Seguía viendo personas que necesitaban ayuda.
—¿Qué hizo? —preguntó Sophie con voz temblorosa.
Amelia sonrió entre lágrimas.
—Me compró comida. Me dio su abrigo. Y me dijo que algún día yo ayudaría a alguien más.
Sophie se quedó inmóvil.
—¿Mi mamá dijo eso?
Amelia asintió.
—También me dijo algo más.
—¿Qué?
—Que tenía una hija llamada Sophie. Que era la niña más valiente que conocía.
Sophie comenzó a llorar.
Y por primera vez en dos años, no intentó esconderlo.
Me arrodillé junto a ella.
La abracé.
Y entendí que mi hija no había perdido la capacidad de sentir.