Desayuno.
Almuerzo.
Cena.
Vasos.
Platos.
Medicamentos.
Algo tan ordinario como comer podía haberse convertido en una pregunta.
Ésa era la parte aterradora.
Los hombres que rodeaban a Vincent en sus negocios eran evaluados permanentemente.
Lealtad.
Motivos.
Acceso.
Su casa debía ser distinta.
Un espacio donde Lila no necesitaba protección del mismo tipo.
La acusación destruía esa división.
Si alguien dentro estaba haciéndole daño, entonces su mayor vulnerabilidad no había entrado desde la calle.
Ya tenía una llave.
Esa idea habría sido insoportable para cualquier padre.
Para Vincent, además, atacaba una identidad construida durante veinte años.
El hombre más temido de Atlanta podía vigilar bodegas.
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