—Mamá —susurró Sarah, sosteniendo la delgada mano de su madre—. Los médicos… dijeron que esto sucedió hace aproximadamente treinta y seis años. ¿Recuerdas algo de aquella época?
Larissa cerró los ojos y los recuerdos comenzaron a aflorar
el lodo en un río. Treinta y seis años atrás. Acababa de tener a su tercer hijo. Había sido un año caótico de pañales y noches en vela. Recordaba un mes de fuertes cólicos, una gripe muy fuerte que creyó haber superado y un breve período en el que pensó que podría estar embarazada de nuevo, pero los síntomas desaparecieron.
En su afán por criar a tres hijos, había ignorado el grito silencioso de su propio cuerpo. Su cuerpo, en un acto de profunda genialidad biológica, la había protegido transformando su pérdida en piedra.
—No lo sabía —dijo Larissa con la voz quebrada, dejando al descubierto finalmente el dolor—. Pensé que solo estaba cansada. Siempre estaba muy cansada en aquella época.
La sombra en la casa
Cuando Larissa regresó a casa, la casa le pareció enorme. Los vecinos, que antes susurraban sobre “el milagro”, ahora hablaban en voz baja
con lástima sobre “el tumor”.
Larissa no lo veía como un tumor. Pasaba horas sentada en la mecedora que había comprado para la habitación del bebé, mirando una sola ecografía que el médico le había dado una petición suya. No parecía un bebé; Parecía una reliquia antigua.
Su esposo, Elías, que había fallecido cinco años antes, la atormentaba. Él siempre había deseado tener un cuarto hijo.
“Llevamos esto juntos durante treinta años, Elías”, le susurró a su fotografía. “Me abrazaste, me amaste, y ninguno de los dos sabía que nunca estábamos solos”.