—¿Qué abre?
—Una caja de seguridad que papá tenía en una sucursal bancaria del Centro Histórico.
Alejandro sintió que el corazón comenzaba a golpearle.
—¿Ya fueron?
Patricia asintió.
—Hace dos horas.
—¿Y?
Roberto colocó sobre la mesa un sobre amarillo, viejo y sellado.
—Estaba adentro.
Alejandro extendió la mano.
Pero antes de tocarlo, sonó su celular.
Mariana.
Contestó.
—¿Bueno?
No escuchó la voz de Mariana.
Escuchó a Lucía.
—Señor Alejandro…
La niña parecía asustada.
—¿Qué pasa, Lucía?
—Mi mamá encontró algo.
Alejandro miró el sobre sobre la mesa.
—¿Qué encontró?
—Estaba escondido dentro de la máquina de coser.
Nadie en la oficina se movió.
—¿Qué cosa?
—Un papel muy viejo.
Alejandro activó el altavoz.
—¿Qué dice?
Se escuchó la voz de Mariana al fondo.
—Lucía, dame el teléfono.
Un instante después, Mariana habló.
—Alejandro, creo que necesita venir.
—Estoy viendo unos documentos de su abuela.
Silencio.
—Entonces ya sabe.
—¿Saber qué?
—Mi mamá me dejó esa máquina antes de morir. Siempre decía que perteneció a mi abuela Elena. Hoy Lucía movió una pieza de madera que estaba floja y encontramos un compartimento.
Alejandro miró a Eduardo.
El abogado se puso de pie.
—¿Qué había dentro?
Mariana respiró profundamente.
—Una carta de su padre.
Alejandro sintió un vacío en el pecho.
—No la abra.
—Ya la abrí.
—¿Qué dice?
Mariana tardó varios segundos en responder.
Cuando habló, su voz estaba temblando.
—Dice que si algún día alguien de la familia Cárdenas intenta sacarnos del edificio, debemos presentar esta carta junto con el documento que guardó en el banco.
Alejandro volvió lentamente la cabeza hacia el sobre amarillo.
Las dos piezas.
Una estaba frente a él.
La otra, en manos de Mariana.