Sintió un escalofrío.
—Necesito irme.
Mariana palideció.
Quizá pensó que Alejandro había decidido ignorarlo todo.
Pero él guardó las copias de los comprobantes.
—Mañana nadie viene a cobrarle nada.
—Señor Cárdenas…
—Y nadie va a sacarlas de aquí.
Lucía dejó de coser.
Alejandro señaló la máquina.
—Y tú vas a descansar.
La niña casi sonrió.
Casi.
Pero cuando Alejandro llegó a la puerta, Mariana habló.
—Hay otra cosa.
Él se volvió.
—Roberto no solo vino por nosotros.
—¿Qué quiere decir?
—Pregunte en el 2A. Y en el 3C.
Alejandro sintió que el problema acababa de crecer.
En lugar de bajar al estacionamiento, tocó el 3C.
Le abrió don Ernesto, un jubilado de setenta años.
Cuando Alejandro se presentó como propietario, el hombre intentó cerrar la puerta.
—Ya les dije que no me voy.
—No vine a sacarlo.
Ernesto dudó.
Alejandro preguntó si había recibido alguna notificación.
El hombre desapareció unos segundos y regresó con una hoja casi idéntica a la de Mariana.
La misma firma.
La misma empresa.
Otra oferta para abandonar el departamento.
Alejandro bajó al 2A.
Una mujer llamada Rebeca le mostró mensajes similares.
En menos de cuarenta minutos encontró cinco casos.
Todos inquilinos antiguos.
Todos pagando rentas menores a las que podrían cobrarse después de una remodelación.
Todos presionados para irse.
Cuando finalmente subió a su camioneta, Alejandro ya no estaba pensando en $18,000 pesos.
Estaba pensando en Roberto.
Marcó a su abogado, Eduardo Molina.
—Necesito que mañana revises todos los documentos del edificio de la Doctores.
—¿Pasó algo?
—No sé todavía.
Alejandro miró hacia la ventana del 4B.
—Pero no quiero que Roberto se entere.
Hubo un silencio.
—Alejandro, si sospechas algo serio, no muevas nada hasta revisar poderes, contratos y movimientos bancarios.