Durante el juicio de revisión, las pruebas fueron presentadas una tras otra.
Los documentos falsificados.
Los movimientos financieros.
El testimonio de Salomé.
La grabación recuperada.
Finalmente, Valeria se quedó sin argumentos.
El juez emitió la sentencia.
Ramira Fuentes fue declarada inocente.
Después de cinco años.
Después de una vida que le habían robado.
Cuando salió del tribunal, los periodistas llenaron la entrada.
Pero ella no miró las cámaras.
Miró a su hija.
Salomé corrió hacia ella.
Ramira se arrodilló y la abrazó.
—Perdóname.
La niña negó con la cabeza.
—Tú no hiciste nada malo, mamá.
Ramira lloró.
—Te dejé sola.
—No.
Salomé sonrió entre lágrimas.
—Tú siempre estuviste conmigo.
Pasaron meses antes de que Ramira pudiera acostumbrarse nuevamente a la libertad.
Volvió a una casa pequeña.
Consiguió trabajo.
Aprendió a recuperar las cosas simples.
Desayunos tranquilos.
Paseos con su hija.
Noches sin escuchar puertas cerrándose.
Un año después, el coronel Méndez visitó a Ramira.
Llevaba una pequeña caja.
—¿Qué es eso?
Él sonrió.
—Algo que pertenecía a su expediente.
Dentro estaba la vieja fotografía que había sido encontrada entre las pertenencias de Esteban.
Era una imagen de Ramira y Salomé cuando la niña era pequeña.
En la parte posterior había una frase escrita por Esteban.
“Si algún día algo me ocurre, protege a mi hija. Ella siempre dirá la verdad.”
Ramira cerró los ojos.
Su esposo había intentado protegerlas incluso después de morir.
Esa noche, mientras Salomé dormía, Ramira se sentó junto a la ventana.
Durante cinco años había pensado que la prisión era el lugar más oscuro que podía existir.
Pero estaba equivocada.
El lugar más oscuro era un mundo donde nadie escuchaba a una niña.