Dos niños y una niña.
Mateo, Diego y Lucía.
Tenían el cabello castaño de Sebastián, sus ojos serios y el mismo hoyuelo pequeño en la mejilla izquierda que aparecía en las fotos infantiles de los Mendoza.
La música empezó a apagarse, como si hasta los violines
hubieran entendido el golpe.
Doña Dolores se puso pálida.
Sebastián dejó de respirar.
Lucía tomó la mano de Mariana, miró al hombre del altar y preguntó con una inocencia que partió el jardín en dos:
“Mamá… ¿ese es el papá que vinimos a buscar?”
Y nadie pudo creer lo que estaba a punto de pasar.
PARTE 2
El silencio cayó sobre la hacienda como una copa rota.
Renata, vestida de novia, no miró primero a Mariana. Miró a los 3 niños. Luego miró a Sebastián. Y en ese segundo entendió algo que nadie había querido decir en voz alta durante dos años.
“¿Tú sabías?”, preguntó con una calma peligrosa.
Sebastián abrió la boca, pero no salió nada. Sus ojos iban de Mariana a los niños, de los niños a su madre, de su madre al piso.
“No”, dijo al fin. “Te juro que no sabía.”
Renata soltó una risa pequeña,