La escena resultaba desconcertante. Apenas minutos antes, había irrumpido en la casa convencido de que encontraría pruebas de una traición, buscando en cada rincón indicios de otro hombre. Sin embargo, ahora estaba inmóvil, mudo, como si el aire mismo pesara demasiado para permitirle hablar.

La irrupción de una nueva realidad
Fue entonces cuando James emitió un sonido suave contra el pecho de su madre. Un murmullo pequeño, casi imperceptible, propio de un bebé que se acomoda entre sueños. Y ese sonido fue suficiente para que Declan levantara los ojos de golpe.
Resultaba llamativo cómo su atención se enfocó de inmediato en el niño. En cuestión de segundos, todo lo demás desapareció: las acusaciones, la ira que lo había llevado hasta allí, las sospechas infundadas. Ya nada de eso importaba. La habitación entera pareció reducirse a tres personas: ella, él y el bebé que dormía entre ambos, ajeno al terremoto emocional que estaba desatando su sola presencia.