Nunca me casé ni bailé con otro hombre después de que mi novio del instituto desapareciera la noche del baile de graduación en 1985; la semana pasada, una niña pequeña me entregó el boutonnière que él llevaba aquella noche.

—¿Sabes? —dijo ella—. Probablemente hoy ganarías el título de Reina del Baile.

Me eché a reír. —Ay, cariño. Ese tren pasó hace mucho tiempo.

—¿Así que fuiste?

—Una vez.

Ella sonrió. —¿Cómo era él?La pregunta me tomó por sorpresa.

Antes de que pudiera responder, tres alumnos de segundo curso empezaron a discutir sobre quién tenía la porción de puré de patatas más grande.

Señalé las bandejas. —Nadie se va hasta que se acaben esas zanahorias.

La profesora se rio y se marchó. Se olvidó de la conversación.

Yo no.

Aquella mañana, tras cuarenta años siguiendo exactamente la misma rutina, había abierto la pequeña caja de cedro de la cómoda de mi dormitorio.

Dentro descansaba un ramillete de muñeca ya deslucido. La cinta había pasado de blanco a color crema.

Las diminutas flores se habían vuelto tan delicadas que casi me daba miedo tocarlas.

Pero cada primavera… lo hacía.

Porque Michael me había pedido que lo conservara para siempre.

—Yo me quedaré con mi boutonnière —había dicho él—. Tú quédate con tu ramillete. Y cuando seamos viejos y tengamos arrugas… —Había sonreído. «…veremos qué flor sobrevive más tiempo».

Recuerdo que puse los ojos en blanco.

«¿Ya dabas por hecho que llegaríamos a viejos y arrugados?»

La vida tenía otros planes.

***

Michael y yo empezamos a salir a mitad de segundo año de bachillerato.

Él era esa clase de persona que no podía cruzar el aparcamiento del instituto sin detenerse a ayudar a alguien.

Yo era la chica que siempre llevaba dos libros de la biblioteca en lugar de uno, porque me gustaba tener un plan B.

Él olvidaba los deberes. Yo los organizaba por colores.

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