Álvaro no dijo nada.
No hacía falta.
Había vuelto a Alemania sin subir a un avión.
Había regresado a casa para descubrir cuánto dinero faltaba.
Terminó descubriendo algo más importante: sus padres no necesitaban que alguien hablara por ellos.
Necesitaban volver a tener la posibilidad de hablar sin miedo.
Y esta vez, la decisión de dónde vivir, a quién recibir y qué hacer con su propio dinero volvería a quedar en sus manos.