—Cla… ra.
Cuando por fin lo logró, ella sintió un nudo en la garganta.
—Otra vez.
—Clara —repitió él con más firmeza, y luego añadió, casi como si le costara creerlo—. Mi esposa.
Aquella noche se besaron de verdad por primera vez. No fue un beso perfecto. Fue tembloroso, nuevo, lleno de todo lo que no habían sabido decirse. Y después de eso, la libreta dejó de ser una barrera para convertirse solo en una ayuda. Entre ellos empezaba a nacer algo inesperado.
No amor fácil.
Amor verdadero.
Pero la paz dura poco cuando se construye sobre la humillación ajena.
Un mes después, Clara encontró en el granero una nota arrugada que alguien había metido entre las herramientas. Reconoció enseguida la letra de su hermano Tomás.
“Te dije que no se atrevería a casarse. Perdí cincuenta, pero aún puedo recuperarlos.”
El papel le quemó los dedos.