Sin embargo, las dificultades de Joaquín no se limitaban a la aversión hacia su hija. Debía una gran suma a Vicente Salazar, el hombre más influyente de la comarca. Ese comerciante sabía sonreír cuando firmaba papeles capaces de destruir la vida de otro. Las deudas, las malas cosechas y la bebida constante fueron acorralando poco a poco a Joaquín. Y entonces eligió la salida más vergonzosa.
Decidió entregar a Lucía.
La decisión se tomó sin ella. Joaquín, Vicente y el sacerdote local, el padre Esteban, se pusieron rápidamente de acuerdo. Su plan parecía sencillo y cómodo: Lucía, la muchacha albina que en el pueblo ya era evitada, se casaría con Nantan, un apache que vivía en las colinas cercanas, y este saldaría las deudas de Joaquín.
Su nombre provocaba miedo desde hacía años. La gente hablaba de él como de un salvaje, un bandido peligroso. Las historias se multiplicaban, pero ya nadie intentaba comprender cuánta verdad había en ellas.
Lucía se enteró de la boda inminente tarde por la noche, cuando el padre regresó a casa oliendo a mezcal y a desesperanza. No dio ninguna explicación, solo una orden seca.