Ellos ocuparon la habitación principal porque mi padre decía que subir escaleras le hacía daño.
Nunca pagaron renta.
Nunca pagaron los servicios.
Nunca compraron comida… salvo botanas para recibir a sus amigos.
Usamos mis plataformas de streaming.
Mi detergente.
Mi asador.
Mis muebles del patio.
Y, con el tiempo, incluso mi tarjeta de crédito.
Esa tarjeta era para emergencias.
Para una consulta médica.
Una llanta ponchada.
Un medicamento.
No para remodelar el jardín.
No para comprar puros importados.
No para organizar fiestas junto a la piscina.
Ante todo el mundo decían que la casa era de los tres.
La llamaban “nuestra casa en las colinas”, aunque la escritura estaba únicamente a mi nombre y los impuestos salían exclusivamente de mi bolsillo.
Si alguna vez los corregía delante de otras personas, mi madre se ponía cara de víctima.
Mi padre soltaba una carcajada y decía que yo exageraba.