Habían creado una dependencia que Marta terminó utilizando para decidir por sus padres.
Y el cuarto junto a la cocina había dejado de ser un simple espacio incómodo.
Era la prueba visible de cómo una casa podía seguir pareciendo perfecta mientras las personas que la habían construido iban perdiendo espacio dentro de ella.
A la mañana siguiente, Álvaro regresó por algunas cosas de sus padres.
Encontró la mesa todavía con parte de la vajilla de la noche anterior.
La silla de Joaquín seguía vacía.
Pero el reloj ya no estaba ahí.
Estaba en la muñeca de su dueño.
Álvaro lo vio cuando Joaquín salió de la habitación que le habían preparado para dormir.
Su padre levantó la muñeca para acomodarse la manga.
El acero reflejó la luz de la ventana.
Álvaro no dijo nada.
No hacía falta.
Había vuelto a Alemania sin subir a un avión.
Había regresado a casa para descubrir cuánto dinero faltaba.
Terminó descubriendo algo más importante: sus padres no necesitaban que alguien hablara por ellos.
Necesitaban volver a tener la posibilidad de hablar sin miedo.
Y esta vez, la decisión de dónde vivir, a quién recibir y qué hacer con su propio dinero volvería a quedar en sus manos.