Elena comenzó con los números.
No con el ataque.
Eso fue más devastador.
Mostró año por año cómo salían recursos del fideicomiso y aparecían después en empresas relacionadas. Una transferencia destinada a “mantenimiento patrimonial” terminó pagando el enganche de un departamento en Polanco. Un retiro para “gastos extraordinarios” coincidía con la compra de vehículos de lujo. Otra operación cubrió deuda de una empresa de Arturo.
Después llegaron las firmas.
Las auténticas de mis abuelos.
Las cuestionadas.
Ampliadas en una pantalla, las diferencias eran evidentes.
El perito explicó que varios trazos mostraban señales de imitación.
Entonces se habló del monto.
Más de cincuenta millones de pesos desviados o utilizados de manera irregular a lo largo de varios años, sin contar operaciones todavía bajo revisión.
Mi padre se puso pálido.
Pero faltaba lo peor.