—¡No!
Su reacción me asustó todavía más.
Intenté convencerla de que terminara la relación.
Me respondió que ya lo había hecho.
Durante algunas semanas pareció recuperar su alegría.
Después comenzaron los secretos.
La noche de su desaparición, Elena bajó las escaleras usando el vestido azul.
Llevaba una pequeña bolsa.
—¿Dónde vas?
—Tengo que resolver algo.
—¿Con Mauricio?
No respondió.
Me puse delante de la puerta.
—No vas a ninguna parte hasta que me digas qué sucede.
Elena perdió la paciencia.
—No eres mi madre, Isabel.
Aquella frase me hirió.
—Quizá no, pero soy la persona que ha recogido los pedazos cada vez que cometes una estupidez.
Su rostro cambió.
—No sabes nada de mi vida.
—Porque no me cuentas nada.
—Porque conviertes todo en un problema que tienes que controlar.
Las dos gritábamos.
Finalmente abrió la puerta.
Antes de marcharse se volvió hacia mí.
Durante años recordaría exactamente la expresión de su rostro.
No era rabia.
Era miedo.
—Algún día entenderás por qué hice todo esto —dijo.
La vi alejarse bajo la lluvia.
Nunca regresó.
A la mañana siguiente llamé a la policía.
Mauricio aseguró que no sabía nada. Según él, llevaba semanas sin hablar con Elena.
Las autoridades encontraron que mi hermana había retirado parte de sus ahorros días antes.
También descubrieron que había comprado un boleto de autobús hacia otra ciudad.
Aquellos datos hicieron que la investigación tomara una dirección que yo odiaba.
Decían que probablemente se había marchado voluntariamente.
Yo insistía en que Elena no se habría ido sin despedirse.
—Discutieron esa noche —me recordó un agente—. Quizá necesitaba distancia.
—No durante veinte años.