Miguel bajó la cabeza.
El doctor continuó:
—Porque después de la infidelidad, él decidió que usted merecía creer que aquella distancia era un castigo.
Rosa sintió un vacío en el pecho.
—¿Entonces la almohada…?
Miguel finalmente levantó la mirada.
—No era por asco.
Rosa se quedó inmóvil.
—¿Qué?
Él respiró profundamente.
—La puse ahí para que pensaras que no quería tocarte.
—¿Y la verdad?
Miguel cerró los ojos.
—Tenía miedo.
Por primera vez en dieciocho años, Rosa vio algo diferente en el rostro de su esposo.
No era enojo.
Era vergüenza.
—Después de lo que hiciste con Rubén —continuó Miguel—, pensé que si te decía la verdad, te quedarías conmigo por lástima.
Rosa empezó a llorar.
—¿Qué verdad?
El doctor tomó otra hoja.
—Miguel tenía una condición médica que podía empeorar. Los especialistas le recomendaron controles periódicos, pero él dejó de acudir.