—También son los míos.
La frase quedó entre ambos.
Pero todavía faltaba entender algo.
La nota.
Álvaro salió de la mesa y regresó al pequeño cuarto.
Joaquín estaba sentado en el borde de la cama improvisada.
Su hijo cerró la puerta detrás de sí.
—Papá, necesito que me digas quién escribió esto.
Sacó la nota.
Joaquín la miró y reconoció la letra.
—Fue la señora de la casa de al lado.
Álvaro frunció el ceño.
—¿La vecina?
Joaquín asintió.
—Intentó ayudarnos.
—¿Cómo?
Joaquín respiró profundamente.
—Vino a preguntarnos si necesitábamos algo. Marta la escuchó. Después le dijo que no volviera.
Álvaro recordó la frase que había escuchado desde el patio.
«Si vuelves a hablar con los vecinos, los separaré».
Ahora entendía a quién se refería.
No era una amenaza lanzada al azar.
Marta estaba intentando cortar el contacto de sus padres con las personas que podían darse cuenta de lo que ocurría.
Joaquín señaló la nota.
—Ella dejó esto cuando todavía podía entrar.
Álvaro la volvió a abrir.
La fecha era reciente.
La frase decía que Carmen y Joaquín habían pedido ayuda porque ya no tenían acceso libre al dinero que Álvaro enviaba.
Pero había otra línea.
Una que explicaba por qué la situación había empeorado.
La ayuda económica no solamente estaba siendo controlada.
Marta también había empezado a decidir qué podían comprar, con quién podían hablar y cuándo podían recibir visitas.
Álvaro sintió un golpe seco en el pecho.
Durante meses había creído que enviar dinero significaba protegerlos.
No había entendido que el dinero podía llegar a la persona equivocada antes de convertirse en comida, medicinas o calefacción.