Mi esposo, David Rangel, acababa de anunciar durante la cena que su empresa lo enviaría a Tokio por 4 años.
—Es una oportunidad única, Mariana —me dijo, apretándome la mano con esa ternura ensayada que solo usan los mentirosos cuando ya traen el libreto aprendido—. Cuando vuelva, seré director regional. Vamos a poder comprar una casa enorme en Lomas de Chapultepec. Todo esto lo hago por nosotros.
Su madre, Teresa, se llevó la mano al pecho como si su hijo acabara de ganar el Nobel.
—¡Ay, mi niño! ¡Por fin alguien de esta familia va a llegar lejos! Tú vete tranquilo, hijo. Aquí Mariana nos va a cuidar.
Yo dejé el tenedor sobre el plato.
—¿Cuidarlos?
El padre de David, don Ricardo, levantó su copa de vino.
—Pues claro. Somos sus papás. Ya estamos grandes. No nos vas a dejar solos en Puebla mientras mi hijo conquista el mundo, ¿verdad?