—Yo no vine a cocinar. Vine a descansar. Tú eres la esposa de mi hijo. A ti te toca atendernos.
Algo dentro de mí hizo clic.
—Regla número 1: ustedes preparan su desayuno y su comida. Lo que ensucien, lo lavan. Regla número 2: mi recámara está prohibida. Regla número 3: después de las 10 de la noche, silencio.
Don Ricardo se levantó tambaleándose.
—Esta casa es de mi hijo.
—No —respondí—. Este departamento está a nombre de los dos, pero el 80% del enganche salió de la herencia de mis padres. Y la hipoteca la pago yo.
Teresa sacó su celular.
—Voy a llamarle a David. Él te va a poner en tu lugar.
Sonreí apenas.
—Llámale. Aunque dudo que conteste. Le acabo de cancelar todas sus tarjetas.
La cara de Teresa perdió color.
Me encerré en mi recámara y escuché sus gritos detrás de la puerta. Marcaban una y otra vez. Nadie contestaba.