A los 59 años entendí algo que hubiera querido saber mucho antes. El problema nunca había sido la diferencia de edad, ni que yo tuviera dinero y él fuera joven. El problema fue que, por miedo a perder el amor que creía haber encontrado, dejé poco a poco de hacer preguntas.
Y a veces lo más peligroso no es el hombre que te grita. Es el que te sonríe, te llama «querida», te acerca un vaso con ambas manos y te insiste, con voz.