—Comer primero —dijo—. Entonces lloras.
Y lloré.
Lloré como una mujer que acaba de descubrir que el dolor puede tener varias capas: la traición de su marido, la humillación de su suegra, el miedo al dinero, la vergüenza de llegar con una niña y una bolsa de pañales para pedir prestado refugio. Pero debajo de todo eso había algo que dolía más: la certeza de que Ximena había sido rechazada no por lo que era, sino por no ser una niña.
Eso era lo que no podía perdonar.
Ni siquiera entonces.
Ni nunca.
Los meses siguientes fueron una guerra silenciosa