Él no se convirtió de repente en parte de nuestras vidas. Llamaba, aparecía cuando lo invitábamos y nunca presionó a Lucas para que lo llamara de ninguna manera.
La confianza no era algo que pudiera exigir.
Tenía que ganársela.
Yo también.
Tres semanas después, Lucas me dijo que su padre quería ir a su partido de béisbol.
—¿Quieres que esté allí? —pregunté.
—Sí.
—Entonces debería ir.
Lucas me miró.
—¿No te vas a enfadar?
—No.
—Él todavía no es mi papá-papá.
—No tienes que decidir cómo llamarlo.
Volvió a sus tortitas.
Miré alrededor de la cocina: las migas, el sirope, el plato torcido junto a su codo.
Durante diez años, había intentado mantener todo exactamente en su sitio.
Pero a veces amar a alguien significaba permitir que la vida cambiara.
Así que dejé el desorden donde estaba.
Y, por primera vez en diez años, no tuve miedo de lo que vendría después.