—Mañana hablarás delante de ellos.
—Nuria me hundirá.
—Eso ya no es problema de papá ni de mamá.
La cena comenzó a las 20:30.
Carmen había preparado una tortilla de patatas y una ensalada como si quisiera aferrarse a una normalidad que ya no existía. Manuel se sentó junto a ella. Javier ocupó una esquina. Nuria dejó la carpeta frente a Nicolás.
Adrián llegó con varias copias de documentos. Pilar, la vecina, también fue invitada. Nuria protestó.
—Creía que esto era familiar.
Nicolás la miró.
—Cuando alguien lleva meses hablando de la salud de mis padres delante de terceros, los testigos dejan de ser extraños.
Nuria no respondió.
Durante varios minutos nadie tocó la carpeta.
Finalmente ella la abrió.
—¿Firmamos?
Nicolás sacó los extractos bancarios.
—Primero quiero entender esto.
Colocó sobre la mesa los ingresos de 3.000 euros mensuales.
Después, las salidas.
600 euros quedaban para Manuel y Carmen.
El resto iba a deudas, compras privadas y a una asesoría relacionada con Nuria.
—Javier gestionaba las cuentas —dijo ella.
Adrián intervino.
—Entonces no tendrá problema en explicar por qué una parte termina en una sociedad donde usted figura como administradora.
Nuria cambió de tono.
—Yo he cuidado de estas personas durante años.
Manuel alzó la cabeza.
—Somos tus suegros, no “estas personas”.
El silencio fue inmediato.
Nicolás puso sobre la mesa la copia de la autorización con la firma dudosa.
—¿Y esto?
—Lo firmó Manuel.
—No —dijo él.
Nuria soltó una risa corta.
—Manuel, últimamente olvidas muchas cosas.
Carmen golpeó la mesa con la palma.
No fue fuerte, pero nadie se movió.
—Eso es lo que llevas meses diciendo delante de todo el mundo.