Porque mi madre me llamaba y mentía.
Recordé una conversación.
Teresa aseguró que Mariana había gastado cuatro mil pesos en videojuegos.
Yo marqué furioso.
—¿Sabes cuánto trabajo para mandarte ese dinero?
Mariana intentó explicarse.
—Papá, yo no…
—No quiero excusas.
Le colgué.
Ahora me daban ganas de arrancarme aquella escena de la cabeza.
Entramos al salón.
Cuando Mariana me vio, dejó caer el lápiz.
No corrió hacia mí.
Retrocedió.
Solo un paso.
Pero suficiente para destruirme.
—Papá…
—No voy a regañarte.
Bajó la cabeza.
—Perdón por la computadora.
—¿Dónde está el dinero?
Sus manos empezaron a temblar.
—Se lo di a mi abuela.
Cerré los ojos.
—¿Todo?
—Sí.
—¿Por qué?
—Me dijo que tu empresa estaba a punto de quebrar y que necesitabas ayuda.
Sentí náuseas.
Me senté para quedar a su altura.
—Mariana, quiero que me digas todo.
Al principio apenas hablaba.
Después las mentiras comenzaron a salir una detrás de otra.
Su abuela le había dicho que yo estaba harto de mantenerla.
Que la enfermedad de su madre había consumido mis ahorros.
Que nadie quería casarse conmigo porque ninguna mujer aceptaría criar a una adolescente ajena.
Que Mariana debía gastar lo menos posible para no convertirse en una carga.
—También decía que estabas decepcionado de mí —susurró.
Saqué el teléfono y le mostré las transferencias.
—Mira las fechas.
Mariana observó.
Una transferencia.
Otra.
Otra.
Comida.
Escuela.
Ropa.
Cumpleaños.
Navidad.
Clases de matemáticas.
La computadora.
Empezó a negar con la cabeza.
—No.
—Te mandé dinero todos los meses.
—No.
—Mariana…
—¡La abuela decía que no mandabas nada!
Rompió a llorar.
Entonces gritó algo que me congeló.
—¡Yo te escribía!
—Nunca recibí tus mensajes.
Sacó un celular viejo.