—Entonces tenemos un problema muy serio.
Me llevó hasta un salón de estudio donde Mariana hacía tarea.
Desde la puerta la vi abrir la mochila, sacar el medio bolillo que había guardado, partirlo dentro de un vaso y echarle agua caliente de un dispensador.
—Hace eso seguido —susurró la profesora—. Come la mitad al mediodía y guarda la otra mitad para la tarde.
Sentí vergüenza.
Luego rabia.
Luego algo peor.
Miedo.
—¿Mariana tiene tatuajes?
La profesora pareció confundida.
—No.
—¿Piercings? ¿Falta a clases? ¿Tiene un novio problemático?
—Señor Mendoza, su hija tiene uno de los mejores promedios de toda la preparatoria.
Abrí otra vez mis transferencias.
Miles.
Decenas de miles.
Año tras año.
Miré a mi hija comiendo pan mojado mientras yo llevaba cinco años creyendo que despilfarraba mi dinero.
Entonces la profesora sacó una carpeta y me mostró una solicitud de apoyo económico.
En ingresos familiares decía: “Sin aportación regular del padre”.
Abajo estaba la firma de mi madre.
Y en ese instante comprendí que yo no había vuelto a Guadalajara para castigar a Mariana.
Había vuelto para descubrir quién llevaba cinco años robándole hasta la comida mientras la hacía creer que su propio padre la había abandonado.
Y todavía no podía imaginar lo que estaba a punto de descubrir.
PARTE 2
—Antes de hablar con Mariana, hay algo que debe entender —me dijo la profesora Ortega—. Su hija puede tenerle miedo.
Aquello me dolió más que cualquier acusación contra mi madre.
—¿Miedo de mí?
La profesora abrió una carpeta con reportes de años anteriores.
Mariana había comentado a una trabajadora social que su padre se enfadaba si gastaba dinero.
Era verdad.
No porque ella gastara.