Pero lo que realmente me paralizó fue la comida.
No tenía torta.
No tenía fruta.
No tenía siquiera una bolsa de papas.
Solo sostenía medio bolillo.
Lo mordía despacio.
Después envolvió la mitad restante en una servilleta y la guardó en su mochila.
Bebió agua de una botella rellenada.
Y se levantó.
Me escondí antes de que pudiera verme.
La seguí hasta una tiendita frente a la escuela. Mariana se quedó mirando los tacos de canasta durante unos segundos, metió la mano en el bolsillo, contó unas monedas y se fue sin comprar nada.
Yo había mandado treinta y dos mil pesos cuatro días antes.
Entré directamente a la oficina de orientación.
—Soy el papá de Mariana Mendoza.
La orientadora, la profesora Ortega, abrió mucho los ojos.
—¿Usted es Javier?
Algo en su tono me incomodó.
Sacó el expediente de Mariana.