Mi hija Mariana tenía diez años cuando la dejé al cuidado de mi madre, doña Teresa.
Cada mes enviaba dinero.
Para comida.
Ropa.
Útiles.
Transporte.
Médicos.
Y una cantidad aparte que, según mi madre, cubría colegiaturas, cursos y cualquier emergencia de Mariana.
Nunca faltó un depósito.
Sin embargo, Teresa siempre tenía una queja nueva.
—Mariana está muy gastalona.
—Se volvió floja.
—Quiere ropa cara.
—Se la pasa en la calle.
—Te está tomando el pelo porque sabe que estás lejos.
Y yo, como un idiota, le creía.
Aquella vez compré un boleto para Guadalajara decidido a castigar a mi hija.
No le avisé.
Llegué a su preparatoria cerca de la hora del almuerzo y la busqué entre los estudiantes.
Tardé varios minutos en reconocerla.
Mariana estaba sentada sola en una jardinera, con un uniforme deslavado y unos tenis tan gastados que la suela comenzaba a despegarse.