O podía conducir allí primero, con dos horas restantes antes de que Don Ernesto regresara, llevando una verdad que no quería.
Lupita susurró: “Miguel, no vayas solo”.
Miró a los cachorros, al cuerpo tembloroso de Canela, en el brazalete con el nombre de Sofía.
Luego pensó en cada llamada perdida, cada disculpa tardía, cada vez que había elegido el silencio más fácil.
“No voy a ir solo”, dijo.
Cogió el brazalete y el recibo, luego buscó sus llaves con una mano que ya no temblaba.
Canela se quedó a pesar de su dolor.
Cuando Miguel abrió la puerta del apartamento, ella se adelantó antes de que alguien pudiera detenerla.
Y por primera vez, ninguno de los dos lo intentó.
Miguel llevaba la caja mientras Lupita sostenía al pálido cachorro contra su pecho, envuelto dentro de su suéter como un secreto.
Canela caminó junto a ellos, cojeando mal, pero cada vez que Miguel se ralentizaba, miraba hacia atrás con silenciosa insistencia.
El pasillo olía a cebollas fritas y limpiador de suelos, dolorosamente normal durante una noche que ya no se sentía ordinaria.
Detrás de una puerta, alguien se rió de una broma televisiva, y Lupita acerró al cachorro sin decir nada.
Don Ernesto abrió su puerta antes de llegar a las escaleras, su rostro ya duro con sospecha e impaciencia.
Miguel esperaba enojo, otra advertencia, tal vez las últimas palabras que los empujarían fuera del edificio.
Pero Don Ernesto miró las patas sangrantes de Canela, luego la caja, y su boca se apretó en su lugar.
“Dos horas,” dijo en voz baja. “No me hagas arrepentirme de haberte dado tanto”.
Miguel asintió, incapaz de decir si la gratitud o la vergüenza dolían más mientras continuaba por las escaleras.