Ella asintió, llorando.
—Lo aceptaré.
—Y no vuelvas a ocultarme la verdad.
Volvió a asentir con la cabeza.
Con abogados y protección, lograron impedir que Octavio se acercara a mí. Mi madre, Rosaura, y mi padre, Mateo, también se mantuvieron firmes. Cuando dos hombres llegaron al rancho preguntando por mí, mi padre les dijo que para tocar a su hijo primero tendrían que pasar por él.
Fue entonces cuando comprendí quién era mi verdadero escudo.
Un año después, frente al juzgado donde firmamos la anulación definitiva, estábamos los cuatro: Celia, Rosaura, Mateo y yo. Celia miró a mi madre y dijo, con la voz quebrándose:
—Nunca podré compensarte por lo que hiciste por él.
Rosaura la miró sin odio, solo con cansancio.
—No me lo debes a mí. Se lo debes a él. Vive de otra manera.
Hoy sigo siendo Efraín. Tengo veinte años, un pequeño taller, he retomado mis estudios y tengo una historia que el pueblo aún comenta como una leyenda. Que hablen.