“Todos me llamaban loco por casarme con una mujer de 60 años”, pero en nuestra noche de bodas vi una marca en su hombro, escuché “Tengo que decirte la verdad” y comprendí que toda mi vida había sido una mentira.

Ella asintió, llorando.

—Lo aceptaré.

—Y no vuelvas a ocultarme la verdad.

Volvió a asentir con la cabeza.

Con abogados y protección, lograron impedir que Octavio se acercara a mí. Mi madre, Rosaura, y mi padre, Mateo, también se mantuvieron firmes. Cuando dos hombres llegaron al rancho preguntando por mí, mi padre les dijo que para tocar a su hijo primero tendrían que pasar por él.

Fue entonces cuando comprendí quién era mi verdadero escudo.

Un año después, frente al juzgado donde firmamos la anulación definitiva, estábamos los cuatro: Celia, Rosaura, Mateo y yo. Celia miró a mi madre y dijo, con la voz quebrándose:

—Nunca podré compensarte por lo que hiciste por él.

Rosaura la miró sin odio, solo con cansancio.

—No me lo debes a mí. Se lo debes a él. Vive de otra manera.

Hoy sigo siendo Efraín. Tengo veinte años, un pequeño taller, he retomado mis estudios y tengo una historia que el pueblo aún comenta como una leyenda. Que hablen.

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