El lugar no tenía nombre al principio, pero la gente volvía. Choferes, obreros, empleados, estudiantes, personas que solo necesitaban un espacio donde respirar. Mary Lou no solo cocinaba: ofrecía el consuelo incondicional que a ella le habían negado durante tanto tiempo.
Una segunda vida
Regresamos juntas a Estados Unidos. Nadie creyó en nosotras cuando dijimos que abriríamos un pequeño restaurante. Nada extravagante: comida sencilla, unas pocas mesas de madera, un menú escrito a mano y sopa caliente cada mañana. El primer cliente dijo: «Está delicioso.» Y por primera vez en doce años, los ojos de mi hija se iluminaron.