Le puse mi chaqueta sobre los hombros y la acompañé de regreso hacia el pasillo. En un punto ella se detuvo, bajó la mirada hacia su delantal manchado y sus sandalias gastadas, y pareció avergonzada de entrar a su propio comedor. En ese instante me vino a la memoria la mujer que trabajaba doble turno cuando mi primer restaurante apenas se sostenía, la que vendió una pulsera de familia para que yo pudiera pagar la nómina, la que estuvo antes de que mi nombre importara.
La noche que volví temprano y descubrí que mi esposa vivía como sirvienta en nuestra propia casa