La madre de Vanessa cruzó los brazos.
“Era una tradición”.
“No”, respondió Grant. “Se convirtió en una tradición el mes pasado”.
Algunas personas se movieron en sus asientos.
Vanessa echó un vistazo a la sala.
Publicidad
“Esto es ridículo”.
Grant apretó la mandíbula.
“He visto los mensajes del grupo”.
Eso le sentó muy mal.
Vanessa se quedó pálida.
Su madre se volvió hacia ella.
“¿Qué mensajes?”.
Grant sacó el móvil del bolsillo.
Publicidad
De repente entendí por qué se había comportado de forma tan rara todo el día.
No fue un arrebato espontáneo.
Llevaba tiempo con algo entre manos.
“No tenía que haberlos visto”, dijo. “Vanessa se dejó la tableta abierta en casa”.
—Grant, no —susurró Vanessa.
Él la miró.
“Llamaste a mi madre ‘la otra madre'”.
Publicidad
Se me heló el pecho.
Vanessa cerró los ojos.
Grant siguió hablando.
“Dijiste que no querías que ella saliera con la gente que aparecería en las ‘fotos de familia de verdad'”.
Ya nadie se reía.
Miré a Vanessa.
Ella no me miraba a los ojos.
Publicidad
Su madre habló primero.
“Eso se sacó de contexto”.
Casi me echo a reír.
“¿Qué contexto lo hace mejor?”.
Abrió la boca.
No le salió nada.
Grant volvió a mirarme.
“Lo siento”.
Esas dos palabras rompieron algo dentro de mí.
Publicidad
No por culpa de Vanessa.
Sino porque notaba lo avergonzado que estaba mi hijo.
“Grant, tú no has hecho esto”.
“Dejé que pasara”.
Tenía los ojos llorosos.
Rara vez lo había visto llorar ya de mayor.
Vanessa le tocó el hombro.
“¿Podemos dejar esto ya, por favor?”.
Publicidad
Se apartó otra vez.
“No. Ese es el problema”.
Ella lo miró fijamente.
“¿Qué problema?”.
“Tú decides cuándo se acaban las conversaciones”.