Quince minutos antes de salir hacia el aeropuerto, mi hija de 6 años se aferró a mi cuello y me susurró: «Cuando te vas de viaje, mamá echa unas gotas en mi zumo y luego me graba».

Tenía 6 años.

Al principio no dijo nada. Corrió hacia él, le rodeó la cintura con ambos brazos y hundió la cara contra su camisa.

—Papá, no te vayas hoy.

Marcus sonrió por reflejo.

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