Volví sin avisar a Valencia y escuché a mi padre pedir permiso para sentarse en la mesa que él mismo construyó. Mis padres cenaban en el cuarto de herramientas mientras Nuria brindaba en su salón. Ella dijo: “Mejor comed en vuestro cuarto para no molestar”. No discutí, bloqueé las cuentas y llamé a mi abogado, hasta que vi lo que mi padre escondía bajo la tabla.

Y en algo tenía razón.

Nicolás lo supo en el mismo instante.

Él había estado ausente.

Había confundido transferencias con cuidado.

Había llamado 10 minutos desde aeropuertos y había creído que eso era estar presente.

Pero una verdad no borraba la otra.

Su ausencia no daba derecho a nadie a humillar a sus padres.

Adrián cerró la carpeta.

Explicó que los documentos serían revisados, que las cuentas quedarían bloqueadas para nuevas operaciones no autorizadas y que la posible falsificación tendría consecuencias legales.

Nicolás no gritó.

Solo miró a Nuria.

—Esta noche te vas de la casa.

Después miró a Javier.

—Tú también.

Carmen lloró.

Era la primera vez que la decisión de proteger a un hijo chocaba de frente con la necesidad de protegerse a sí misma.

Javier se acercó a ella.

—Mamá…

Carmen dio un paso atrás.

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