Volví sin avisar a Valencia y escuché a mi padre pedir permiso para sentarse en la mesa que él mismo construyó. Mis padres cenaban en el cuarto de herramientas mientras Nuria brindaba en su salón. Ella dijo: “Mejor comed en vuestro cuarto para no molestar”. No discutí, bloqueé las cuentas y llamé a mi abogado, hasta que vi lo que mi padre escondía bajo la tabla.

Manuel pasó la mano por la superficie.

Javier tragó saliva.

—No espero que me perdones hoy.

Su padre tardó mucho en responder.

—Puedo seguir queriéndote y no permitir que vuelvas a hacerme daño.

Javier asintió.

No hubo abrazo.

Tampoco hubo una puerta cerrada para siempre.

A partir de entonces empezó a devolver el dinero poco a poco, aceptó sus responsabilidades y buscó trabajo fuera de los negocios familiares. Por primera vez, Manuel no vendió nada para rescatarlo.

Carmen volvió a invitar a Pilar a merendar.

La puerta principal dejó de estar cerrada.

Las fotografías regresaron a las paredes.

Y cada domingo, estuviera en Madrid o en cualquier otra ciudad, Nicolás reservaba 1 hora para hablar con sus padres sin mirar el correo, sin reuniones y sin prisas.

Meses después, una tarde de lluvia, llegó al chalet sin avisar.

Encontró a Manuel junto a la ventana, reparando un cajón.

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