El anciano levantó los ojos.
—No la hice yo.
Carmen se llevó una mano a la boca.
Manuel había firmado documentos durante más de 50 años. Sabía dónde apretaba la pluma, cómo terminaba la última letra y qué pequeño temblor le había aparecido después de una lesión en la muñeca. Aquella firma imitaba la forma general, pero estaba demasiado limpia.
Nicolás fotografió todo y llamó a su abogado, Adrián Ferrer.
Adrián fue tajante: no debían confrontar a Nuria todavía. Si la asustaban, podía destruir documentos, mover dinero o fabricar nuevas explicaciones.
Aquello fue lo más difícil para Nicolás.
Volver al comedor, sentarse frente a la mujer que había quitado las llaves a su madre y fingir que no sabía nada.
Durante 2 días actuó como el hijo ocupado que solo había venido a visitar.
Incluso elogió a Nuria.
—Menos mal que estáis vosotros aquí. Yo desde Madrid no puedo controlar estas cosas.
Ella cayó en la trampa.
Empezó a hablar con orgullo de cuentas, medicamentos, recibos y “decisiones responsables”. Repetía que Manuel confundía fechas y que Carmen se ponía nerviosa con los bancos.
—A cierta edad, la tranquilidad vale más que la independencia —dijo.
Manuel bajó la cabeza.
Carmen apretó los dedos alrededor de la taza.Nicolás sonrió.
—Supongo que tienes razón.
Aquella misma tarde Nuria sacó una carpeta.
—Ya que estás aquí, podríamos dejar una cosa resuelta.
Dentro había un documento nuevo. Nicolás debía reconocer oficialmente que Javier era la persona adecuada para gestionar los asuntos económicos de sus padres.
Parecía una formalidad familiar, pero Adrián descubrió que algunas cláusulas podían convertirse después en una prueba de consentimiento.