A veces, cuando la veo dormir, pienso en aquel atardecer en el porche, cuando Julián me dijo que si él no podía verla crecer, al menos quería que alguien más tuviera más tiempo con los suyos. Y comprendo, por fin, que su último acto no fue de despedida, sino de siembra. Sembró vida en desconocidos, sembró palabras en su hija, y sembró en mí la certeza de que él nunca, jamás, se fue del todo.