«Amor mío, si estás leyendo esto, es porque ya no estoy contigo, pero quiero que sepas algo: cuando pedí donar mis órganos, no lo hice solo por los desconocidos que iban a recibirlos. Lo hice porque necesitaba creer que una parte de mí seguía viva en el mundo mientras nuestra hija crecía. Cada vez que oigas a alguien decir que le trasplantaron un corazón, unos pulmones, unos ojos, quiero que pienses en mí caminando por el mundo, cuidándolas a las dos desde muchos lugares a la vez. No estoy en un solo lugar, mi amor. Estoy en cuatro personas que hoy respiran, y estoy en cada latido de nuestra hija. Cuídate. Cuídala. Y por favor, vuelve a ser feliz. Te lo ordeno como último acto de esposo. Tuyo, siempre, Julián.»
La vida después de la despedida
Mi hija nació dos semanas después, sana, con los ojos idénticos a los de su padre. La llamé Julieta, porque no podía llamarla de otra manera. Cada año, en su cumpleaños, abrimos juntas una de las cartas de Julián. Ella tiene ahora siete años y ya sabe la historia de memoria: sabe que su papá vive en cuatro personas repartidas por el país, sabe que la cuidó desde antes de nacer, y sabe que el amor, cuando es de verdad, no se acaba con la muerte.