“Ejecutivo detenido por agredir a su esposa y presunto fraude millonario.”
La empresa lo suspendió de inmediato.
Sus clientes cancelaron contratos.
Sus amigos dejaron de responderle.
Su madre publicó un mensaje en redes sociales asegurando que Alejandro era “un hombre noble víctima de una mujer vengativa”.
Valeria no contestó.
En su lugar, su abogada presentó la grabación de la cocina ante el juez.
El video mostraba a Alejandro leyendo el mensaje de su hermana.
Mostraba la discusión.
Mostraba el momento en que levantaba la taza.
Y mostraba cómo apuntaba deliberadamente al rostro de Valeria.
No había accidente.
No había confusión.
No había forma de esconderse.
Cuando la madre de Alejandro vio el video, eliminó su publicación.
Rebeca también fue detenida días después, cuando intentaba salir del país desde el Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México con un boleto a Madrid.
En su equipaje encontraron relojes, joyas, documentos bancarios y casi medio millón de pesos en efectivo.
Durante el interrogatorio, Rebeca negó todo.
Después culpó a Alejandro.
Luego aseguró que Valeria le había regalado el dinero.
Finalmente, cuando le mostraron los mensajes, pidió negociar.
Estaba dispuesta a declarar contra su hermano a cambio de una reducción de cargos.
Alejandro recibió la noticia desde el centro de detención.
—Mi hermana jamás haría eso —dijo.
Su abogado dejó una copia de la declaración sobre la mesa.
—Ya lo hizo.
Alejandro leyó las primeras líneas.
Rebeca afirmaba que él había diseñado el fraude.
Que él falsificó la firma.
Que él planeaba obligar a Valeria a compartir la propiedad del departamento.
Que ella solo obedecía sus instrucciones.
Alejandro apretó los dientes.
—Está mintiendo.
—Tal vez. Pero tiene mensajes donde tú le dices qué hacer.