—Puedo arreglarlo —jadeó Elias, poniéndose de pie. Llevó el reloj a su banco de trabajo y encendió su lámpara de aumento.
Abrió la tapa trasera. El interior era una pesadilla de magia oscura. Los engranajes no estaban hechos de latón, sino de sombras cristalizadas. El resorte principal estaba enrollado con dolor puro y sin adulterar.
Para arreglarlo, Elias sabía exactamente lo que tenía que hacer. Tenía que usar sus pinzas más finas para realinear el escape y dar cuerda a la corona. Pero mientras trabajaba, sus ojos entrenados vieron la trampa. El reloj no solo retenía el recuerdo de Clara; actuaba como una sanguijuela. Si le daba cuerda hacia adelante, la energía liberada curaría su propio corazón, pero drenaría la fuerza vital de la persona a la que Silas le había robado el tiempo. Silas no era solo un coleccionista; era un parásito, alimentándose de la alegría robada de otros para sostener su propia vida antinatural.