Pero el médico no me libró de la verdad.
“Sophie pidió que su información médica se mantuviera privada”, dijo con cuidado. “Era su derecho”.
La miré de nuevo.
“¿Privado para mí?”
Sus ojos se llenaron de lágrimas, pero no las dejó caer.
“Ya estábamos rompiendo, Ethan.”
“Esa no es una respuesta.”
“Era el único que tenía.”
Mi voz sonó más cortante de lo que pretendía. “Estabas enferma, Sophie. Tenías miedo. Estabas pasando por esto, ¿y me dejaste irme?”
Su rostro cambió entonces.
No precisamente con enfado.
Con agotamiento.
“Yo no te dejé hacer nada”, dijo. “Tú decidiste irte”.
Las palabras impactaron con una precisión silenciosa.
No tenía defensa contra ellos.
Porque tenía razón.
Yo había elegido.
Me había dicho a mí misma que pondría fin a nuestro sufrimiento. Me había dicho a mí misma que algunos daños eran irreparables. Me había dicho a mí misma que el divorcio sería mejor que vivir en una casa llena de dolor.