Aquello se convirtió en una pieza fundamental de la negociación.
Mientras tanto, la supuesta historia de amor entre Alejandro y Fernanda empezó a desmoronarse.
La primera reunión formal entre abogados fue devastadora.
Rodrigo expuso sus condiciones respecto al divorcio y a Sebastián. El muchacho, que ya tenía trece años, quería permanecer principalmente con su padre porque era quien mantenía una rutina estable.
Fernanda lloró.
Alejandro parecía incómodo.
Rodrigo lo miró.
—Ahora estará soltera. Dijiste que la amabas. Supongo que podrás construir esa vida que tanto querían.
Alejandro apretó la mandíbula.
—Las cosas no funcionan así.
Fernanda giró hacia él.
—¿Entonces cómo funcionan?
Nadie habló.
—Dime algo —insistió ella—. Cuando Claudia se divorcie y Rodrigo también… ¿te vas a casar conmigo?
—No estamos aquí para hablar de eso.
—Llevo dos años escuchando que debemos esperar el momento correcto. ¿Qué falta ahora?
Alejandro terminó perdiendo la paciencia.
—Somos adultos, Fernanda. Lo que ocurrió fue decisión de ambos. No puedes responsabilizarme de que tu matrimonio se haya destruido.
Vi cómo el rostro de Fernanda cambiaba.
En cuestión de segundos sacó su teléfono.
—Perfecto.
Mandó a los abogados decenas de conversaciones.
Fechas.
Reservaciones.
Facturas.
Viajes inventados.
Incluso reveló que un proveedor había entregado un reembolso de casi trescientos mil pesos que Alejandro pidió canalizar directamente hacia ella para cubrir gastos.
Alejandro se levantó.
—¡Cállate!
—¿Por qué? —gritó Fernanda—. Cuando me comprabas cosas decías que era la única mujer que realmente te entendía. Ahora resulta que todo fue “decisión de adultos”.
Empezaron a culparse mutuamente.
Lo que durante dos años llamaron amor verdadero terminó convertido en una lista de responsabilidades que ninguno quería aceptar.
Esperé a que dejaran de gritar.