Alejandro intentó callarla.
Pero Fernanda soltó algo todavía peor:
—Claudia, esto no empezó hace ocho meses.
Respiró profundamente.
—Empezó hace casi dos años.
Y lo que contó a continuación demostró que Alejandro nunca había cometido “un error”.
Había construido todo un sistema para mantenernos a los tres exactamente donde le convenía.
Pero faltaba descubrir la prueba que podía hacerle perder no sólo su matrimonio… sino también el control de la empresa que yo había ayudado a levantar desde cero.
PARTE 3
Fernanda contó que todo había comenzado cuando su estudio fue contratado para diseñar las nuevas oficinas de la constructora de Alejandro.
Primero fueron mensajes sobre acabados.
Luego cenas para “revisar conceptos”.
Después llegó el primer beso.
Fernanda le preguntó inmediatamente si pensaba divorciarse de mí.
Alejandro respondió que no era el momento.
Le pidió paciencia.
Según él, yo estaba acostumbrada a una vida estable y jamás tendría el valor de dejarlo. Rodrigo, por su parte, jamás abandonaría a Fernanda porque tenían un hijo.
Así podía conservarlo todo.
Su esposa.
Su amante.
Su empresa.
Su reputación.
Y dos familias absorbiendo las consecuencias sin obligarlo a escoger.
—Tú no estabas confundido —le dije—. Apostaste a que todos íbamos a soportarte en silencio.
Me fui esa tarde.
No discutí con Fernanda.
Tampoco intenté consolarla.
Había sido mi mejor amiga durante quince años, pero eso no convertía su traición en un accidente.
Mi problema con Alejandro dejó de ser sentimental desde ese momento.
Se volvió también patrimonial.
Mariana solicitó medidas para impedir movimientos extraordinarios de nuestros ahorros, inversiones y acciones relacionadas con la empresa.
No tocamos nómina ni operaciones normales de la constructora. Yo no quería destruir el trabajo de decenas de empleados.