Al pasar frente a un hotel de Reforma reconocí su camioneta negra.
Pensé que habían cambiado el lugar de la reunión.
Entonces se abrió la puerta del copiloto.
Bajó Fernanda.
Mi mejor amiga desde la universidad.
La mujer que había estado conmigo cuando murió mi padre. La que fue testigo en mi boda. La que me llamaba “hermana”.
Alejandro rodeó la camioneta, puso una mano en su cintura y la atrajo hacia él.
Fernanda apoyó la cabeza en su hombro.
Él le acomodó el cabello y le besó la frente.
No parecía un error.
Parecía una costumbre.
Recordé de golpe sus juntas nocturnas, la nueva contraseña de su celular y la facilidad con la que Fernanda conocía detalles de la constructora de Alejandro que ni siquiera yo recordaba haberle contado.
También recordé su frase favorita:
—Ay, Claudia, Alejandro para mí es como un hermano. ¿Cómo crees que alguna vez podría fijarme en él?