Mi esposo entró a un hotel con mi mejor amiga creyendo que nadie los había visto. Envié seis fotos a su marido y él respondió: “Llevo ocho meses esperando esto”. Treinta minutos después, mi esposo suplicó: “Ven y dile que nuestro matrimonio está bien”. Me quedé en silencio, guardé el teléfono y llamé a una abogada… porque acababa de entender para qué me necesitaba realmente.

Cada vez que preguntaba, respondía que lo resolveríamos en la siguiente ronda de inversión.

Yo confiaba.

Durante el proceso recuperé correos antiguos donde él mismo había escrito:

“Tu aportación siempre contará como parte del negocio. Lo construimos juntos.”

Aquello se convirtió en una pieza fundamental de la negociación.

Mientras tanto, la supuesta historia de amor entre Alejandro y Fernanda empezó a desmoronarse.

La primera reunión formal entre abogados fue devastadora.

Rodrigo expuso sus condiciones respecto al divorcio y a Sebastián. El muchacho, que ya tenía trece años, quería permanecer principalmente con su padre porque era quien mantenía una rutina estable.

Fernanda lloró.

Alejandro parecía incómodo.

Rodrigo lo miró.

—Ahora estará soltera. Dijiste que la amabas. Supongo que podrás construir esa vida que tanto querían.

Alejandro apretó la mandíbula.

—Las cosas no funcionan así.

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