—Fuimos felices —dijo con los ojos rojos—. Eso también cuenta.
—Claro que cuenta.
Pareció recuperar esperanza.
—Entonces dame otra oportunidad.
Negué con la cabeza.
—El pasado existió, Alejandro. Pero no tiene derecho a secuestrar mi futuro.
Finalmente aceptamos un acuerdo.
Recuperé la parte comprobable de la herencia de mi padre, los recursos desviados y una compensación importante por mi inversión inicial y los años de trabajo que había aportado a la empresa.
A cambio renuncié a reclamar acciones con derecho a voto.
Fernanda tuvo que devolver los recursos recibidos que provenían del patrimonio matrimonial y vender parte de sus bienes para reorganizar las deudas de su estudio.
Rodrigo obtuvo la residencia principal de Sebastián, aunque Fernanda conservó visitas regulares.
El muchacho dijo algo durante la mediación que, según Rodrigo, dejó a todos en silencio:
—Quiero vivir con mi papá porque por lo menos sé que él vuelve a casa cuando dice que va a volver.
Fernanda dejó de pelear después de eso.
Tiempo después me escribió.
No pidió perdón.
Sólo dijo que finalmente había entendido algo terrible: no estaba enamorada de la vida de Alejandro. Estaba enamorada de sentirse deseada por él mientras Rodrigo seguía sosteniendo su vida real.
No respondí.
Quince años de amistad terminaron sin una última pelea.
A veces las relaciones no necesitan una gran despedida.
Sólo llegan al punto donde ya no queda nada digno que salvar.
El día que nuestro divorcio quedó formalmente concluido, Alejandro me esperaba afuera.
—¿Dónde estás viviendo?
—Compré un departamento.
—Puedo conseguirte buenos contratistas.
—No necesito que lo hagas.
Sonrió con tristeza.
—Fernanda y yo terminamos definitivamente.
—Eso ya no tiene relación conmigo.
—Nunca voy a casarme con ella.
Entonces comprendí que todavía no terminaba de entender.